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El vacío tras la máscara: La regresión emocional y el auge de los Therians

El inicio de los Therians comenzó en los noventa cuando el internet tomó fuerza

San Luis Potosí, SLP.- El fenómeno therian —personas que afirman identificarse emocional o espiritualmente como un animal— no nació en Sudamérica ni es una moda reciente. Sus raíces se remontan a los foros digitales de la década de 1990 en Estados Unidos, cuando, con el auge del internet, comenzaron a surgir comunidades virtuales donde usuarios compartían experiencias de “identificación interna” con animales y construyeron un lenguaje propio. Hoy, más de tres décadas después, el movimiento ha resurgido con fuerza a través de redes sociales, plataformas de streaming y convocatorias públicas que, incluso en San Luis Potosí, han llamado a reuniones en el Centro Histórico durante 2026.

Para la psicóloga María Elizabeth Espinoza Vargas, el fenómeno no puede analizarse únicamente como una tendencia cultural, sino como un síntoma social. “El inicio de los Therians comenzó en los noventa cuando el internet tomó fuerza. Muchas personas están en modo huida, no me gusta aceptar quién soy y, en vez de responsabilizarme, mejor huyo y me refugio en personajes alternos”, señala. Desde su perspectiva clínica, la identificación con un animal puede representar un mecanismo de evasión ante conflictos familiares, escolares o sociales no resueltos.

Desde lo social, el fenómeno Therian funciona como un grupo de pertenencia en una época marcada por la fragmentación familiar, la sobreexposición digital y la búsqueda constante de identidad. Las redes sociales han amplificado esta tendencia al normalizar estéticas y narrativas híbridas entre humanos y animales, presentes en contenidos como Monster High o Sweet Tooth, donde se representan personajes con rasgos animales humanizados. Aunque estas producciones son ficción, la especialista advierte que la exposición constante puede diluir la frontera entre fantasía y realidad en edades tempranas.

“Muchos inician desde los 7 u 8 años y, si los padres no corrigen o no dialogan, se va distorsionando”, explica Espinoza Vargas. Para ella, el entorno digital no crea el vacío emocional, pero sí puede reforzarlo cuando ofrece comunidades que validan identidades alternas sin cuestionamiento.

Además, observa una contradicción cultural,  mientras crece la humanización de las mascotas —el fenómeno del “perrhijo”— también aumenta el rechazo a asumir responsabilidades humanas a largo plazo. “Se ha normalizado tratar a las mascotas como hijos. No solo son los Therians; también hay adultos que no quieren responsabilizarse de otros humanos y trasladan ese rol afectivo a los animales”, afirma.

Desde lo psicológico, la especialista interpreta el fenómeno como una posible regresión emocional. “Cuando en una familia un niño pequeño recibe más atención, otro puede querer volver a ser ‘el bebé’. Algo similar ocurre aquí, prefieren dejar responsabilidades y asumir un rol que simbólicamente recibe ternura, misericordia y aceptación incondicional”, explica.

La figura del animal representa, en el imaginario colectivo, pureza y ausencia de juicio. “Un animal no tiene las limitantes sociales de color, estatus o elecciones personales. No es juzgado como un humano”, detalla. Bajo esta lógica, identificarse como animal puede convertirse en una estrategia inconsciente para evitar la crítica y la confrontación emocional.

Sin embargo, advierte que esta identificación no resuelve el conflicto interno. “El vacío no se llena con una moda pasajera. Puedes sentir pertenencia momentánea, pero el vacío sigue ahí hasta que se afronta la situación que originó la ruptura con el entorno familiar o social”.

Espinoza Vargas enfatiza que el problema no radica en prohibir, sino en comprender. “No se trata de golpear ni imponer; se trata de dialogar, negociar y sostener límites claros. Muchos padres creen que dar lo material es suficiente, pero el tiempo y la comunicación son insustituibles”. También señala que la falta de coherencia —promesas incumplidas o límites inconsistentes— erosiona la autoridad y abre espacio a conductas evasivas.

Para la psicóloga, el incremento de reuniones públicas y la visibilidad del movimiento en 2026 reflejan una necesidad colectiva de identidad y aceptación. No obstante, lanza un mensaje tanto a jóvenes como a padres, “Hay que abrir canales de comunicación y preguntarse por qué la persona prefiere huir de la realidad en vez de afrontarla. Si hay soledad, miedo o sensación de abandono, lo adecuado es buscar acompañamiento profesional”.

El fenómeno Therian plantea interrogantes profundas, ¿por qué crece el rechazo a asumir responsabilidades humanas? ¿Por qué la validación de extraños en redes sociales resulta más significativa que el diálogo familiar? ¿Qué vacíos emocionales están siendo cubiertos temporalmente por identidades alternativas?

Más que satanizar o ridiculizar, el análisis social y psicológico apunta a comprender el contexto, una generación hiperconectada, con altos niveles de ansiedad, dificultades de comunicación y familias que, en muchos casos, sustituyen presencia por objetos. El reto, concluye la especialista, no es combatir una identidad, sino fortalecer la humanidad de quienes buscan refugio en ella.

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